viernes, 12 de octubre de 2018

Telaraña narcótica

adicto a la belleza
nómade que esparce
seducción inmaculada

la secreta dualidad
que a todo involucra:
Ser o Ser-no
el paradigma sagrado

caricia de Gioconda
concédeme la excusa de los errantes
que pueblan con vaivenes las fronteras
que son cornisas donde inmolarse

voy detrás de la belleza
cazador de sueños vagabundos.

Vittorio Clementi




jueves, 11 de octubre de 2018

Cosificado

1
¿Quién asevera que las cosas suceden bajo algún propósito donde los seres asemejan a piezas de ajedrez en movimiento?
Eso sería otorgarle potestad a una Mente Absoluta que opera bajo causística; perspectiva contraria al libre albedrío donde el sujeto abre caminos, aunque dudosos.
El mundo es así, una vulgar sucesión de lo mismo, de lo primero que muta. Un exilio a la rutina si no se percibe esa belleza aterradora que emana de lo simple.
Fractalizar, clonar, repetir, he aquí el misterio desvelado para que la diversidad sea.

2
Quisiera suplir esta herejía de huesos por una aleación superadora.
Verme montaña, ser cascada, soñar espejos que refracten la intención que acecha.
Rodeado de eclipses y luna volátil, todo cuanto fui y seré en una burbuja.
¿Quién caduca el Karma, hasta cuando cosifico?

3
Dispuesto a consolar los secretos del invierno
dispuesto a modelar la substancia onírica
guardaré en un cofre ilusiones pendientes, por si la gramática muere
o en un arcón donde fornican fantasmas
o en el ático que envejeció un almanaque.
Bien Centauro
me soban las olas de una conciencia prehistórica.

Vittorio Clementi



sábado, 29 de septiembre de 2018

Carta que dejó Dios antes de suicidarse

"Les he dado la potestad sobre todo lo viviente en la Tierra, ¿y qué han hecho?
Han extinguido millones de especies, han contaminado aguas y cielos, insultan a la Tierra con fronteras; ustedes, los humanos, que se atreven a colonizar otros mundos, sólo se dedican a consumir y masacrarse, por ello serán consumidos. Ya no crezcan ni se multipliquen. Sepan que los volcanes aullarán de nuevo y que las aguas treparán sus rascacielos para vomitar la basura que enterraron. Comprendan al Universo.
La actitud que han tenido con la naturaleza logra que me arrepienta de haberlos creado.
Si este es legado de la humanidad deberían deshumanizar el planeta.
Sólo resta el suicidio, no puedo perdonarme."
                                                                             El Creador.



Victor  Marcelo Clementi 


viernes, 28 de septiembre de 2018

¿Has visto cagar a una ballena?

dedicado a los que mueren a causa de tanta corrupción

En esta encrucijada
y ante la inminente deserción a mí mismo
dispongo unas cuantas hormonas metafísicas

con una fe matemática y algunos vicios de otrora
crucé la jungla virtual bautizada sociedad

hallé piratas camuflados en gentío
vendiendo paraísos aquí en la tierra como en el cielo

hallé mercaderes del satan interior
de tan creídos adictos a la paranoia
que deviene de la egolatría

hallé mesías dialécticos
que profesan parábolas que concluyen
en cuentas bancarias
y rezan en la catedral Puerto Madero

de izquierda a derecha todos pertenecen al mismo
consorcio y lucran expensas indecentes
feligreses hacia la Meca del oro
pretéritos vivientes que orinan a los ciegos

mientras tantas Marías vagabundas
detrás de ese hijo crucificado en el asfalto
por una promesa que nunca fue pan.

Victor Marcelo Clementi


jueves, 27 de septiembre de 2018

Esfuminoide

contraje vida
álgebras durmientes
ahora espejo
desde la jungla espectral

habito ceros seres
residentes
la incógnita umblical
que insiste fragmentos sensoriales

si desprolijo colores el arte desvanece
y el lobo en mis andamios
aborta hormonas

no deseo desplegar alas para intimidar,
las apariencias también acosan

aprovecho la ignorancia
(que además de perdonable viaja gratis)
para eyectar una hipótesis cuasi final:
el alma posee gravedad
atrae hasta apropiar
aunque también despedaza.

Victor Clementi


viernes, 14 de septiembre de 2018

Los villanos de la antimateria y otras obscenidades telepáticas

Sueños Lúdicos

Las fantasías definen la existencia: más secretos mayor obsesión.
¿Cuántas Pandoras esconderá el asombro?
Por si acaso llevo caricias instantáneas
y el corazón abollado por un tren a pilas.
Bombardean aromas que fugan capullos de infancia.
Mientras languidezco, junto las migajas de cada amanecer
para evitar ese payaso suicida que entrenamos desde niños
y así dormir en la escarcha de una promesa.

Encriptado en lo bizarro

Soy la mascota de un alienígena que juega con mi destino
en un reality a nivel galáctico.
Son ellos, los dioses quienes meditan la sinrazón de tanta plegaria.
Soy parte del líquido ateo, un mapa de mi adolescencia
no es suficiente para trasgredir tanta civilización subcutánea.
Grafiteo las dudas que me acechan.
Luego de cierta deserción a las cúspides
acuso al labrador de marionetas
mientras el hambre cruje huérfanos.
Ya no quiero decapitar el corazón en este mausoleo de dádivas.

Lágrimas de canilla

Los números son los soldados de dios.
traducen lo mágico a una escala racional.
Hacen previsible el misterio, apenas una vulgar equivalencia
que simplifica los estuarios del Logos.
La sagrada geometría del espíritu, en cambio
con su hálito invisible poliniza lo aún increado
y las formas sucedáneas amanecen.

Victor Marcelo Clementi Nasif





miércoles, 12 de septiembre de 2018

Teatro de un renegado modelo 2018


El zapato indómito, de Maslíah por Sebastián Villar
La fiesta del clown social
   Sin duda, el teatro nuestro está pasando una época formidable navegando la crisis como si nada. Romper la valla de la localidad fija a cambio de la gorra, el sobre o la cooperación solidaria, según sean la sala o el espectáculo, ha abierto de par en par las puertas a la libre circulación de público, constreñida hasta entonces a los costos de entradas inasequibles a pesar de ser más baratos que los porteños de temporada. Pero sería injusto atribuir al usted ponga el precio el actual fenómeno: actores y directores se han jugado, se están jugando a liberar la estética marplatense de su estrechez de solemnidad y tragedia hacia un nivel de  competitividad —perdóneseme la horripilante palabreja—que casi no registra antecedentes excepto los tempranos 70.
  Y en eso andan Oscar Miño, Marcelo Goñi y Seba Villar, los responsables (más bien irresponsables) de El zapato indómito, obra difícil de un autor difícil si lo hay, el polifacético uruguayo Leo Maslíah. Porque es complejo el absurdo cómico, sobre todo si se lo adapta al desfiladero del discurso social disimulado por la carcajada, como que una situación cotidiana de cualquier fábrica argentina de hoy sirva para caerse de risa y, encima, no sentir culpa alguna. Porque en la libertad desatada del humor todo cabe, incluso reflexionar después de salir, y antes, disfrutar la fiesta del clown.
  Ahora bien, una obra empieza desde el programa. Al espectador le dan un bollo de papel y uno se pregunta si se lo deberá sacudir al intérprete. Y, desplegado, se lee el reparto técnico en ganchuda letra script cursiva y en enrevesado lenguaje de la burocracia, ése que no echa sino prescinde de sus servicios y derrocha eufemismos pare decir que sobramos millones. Mejor símbolo de todos nosotros en estos tiempos no existe: un manuscrito arrugado hecho pelota, la ley de la prescindibilidad. Claro, lo venidero no será, ni por asomo, un drama de trabajadores salpicado de biografías tristes, eventualmente con alguna graciosa, como lo fue la (siempre) vigente Línea de tres de Marcelo Marán. El zapato junta, impune, la payasada, el chiste verbal, el absurdo, el teatro social y las vanguardias que se les ocurran.
  Miño es el empresario de traje, un cabello dieciochesco, bigotes en firulete pintados, y toques de color rojo: un mega-payaso de los que encontramos en la calle, vestidos, precisamente, de empresarios. Goñi, el capataz, lleva overol y una peluca ovejil como el pelo del Pibe Balderrama. La historia, 2000 o 1500 zapatos a producir en tiempo récord, y después, el despido de los obreros. ¿Ocultárselos? ¿Enterarlos del seguro de desempleo? Y lo más grave: ¿Fabrico o importo? “No necesitan el trabajo, necesitan el sueldo”, constata el Jefe. Escenografía cero. Dos pilas infinitas de papeles que, uno anticipa, no se quedarán allí quietas en toda la larga escena sin interrupciones. Vodevil de factoría. El capataz Churchill Méndez (sic) entra y sale, informa los avances o demoras, la rebelión o el apuro, de los operarios. El dueño Abayubá O´Connors (sic) cavila qué carta de recomendación (o denuesto total) escribirá a cada obrero, y no conoce sus nombres. Los dos, discuten la autenticidad de un cheque. Un cuchillo de carnicero, exagerado como un alfanje, saldrá de entre las ropas del capataz. Y el diálogo de gags, retruécanos, ironías, gesticulación inclasificable, salutífera locura general sobre fondo negro. La actuación supera muchísimo de lo visto hasta ahora, más en consideración de personajes muy distintos de ambos en otros contextos. La puesta de Villar es complicadamente simple como la dirección de actores. Hablan la luz, el cuerpo, la dicción rarificada a propósito, el juego del clown consigo mismo. Es el momento ideal del país para construir teatro sobre la disyuntiva: ¿lloramos la hecatombe colectiva o mientras tanto nos reímos hasta las lágrimas de nuestro propio patetismo? Lo último también es respuesta válida. Como se enrola también en el cine mudo, El zapato deja un instante a la correría a través del espacio, iluminada con el parpadeo de un montaje que la asemeja a una película cuadro por cuadro.
   (Importante destacar el crecimiento y la calidad que adquirió El Galpón en veinte años. El escenario independiente más ancho y profundo (sólo El Club del Teatro parece empardarlo), y una decoración ingeniosa y práctica, la de aprovechar las grietas de una casa chorizo de 1930; en vez de revocarlas, exaltar sus años, convertir el solar en paseo cultural, amén de la gama de artes que hospeda y promueve. Cheque que le debe la ciudad a Claudia Balinotti y compañía, digamos de pasada).
   Y al final, salimos de sala y nos dan… otro programa. El otro cheque, el que cobraría Abayubá, tan apócrifo y risible, una broma en sí, impresa y para llevarse consigo, nunca hacerla un bollo, conservar este recuerdo de una obra inolvidable. 

Gabriel Cabrejas
Septiembre 2018