lunes, 1 de febrero de 2010

Teatro de un renegado, XIII

Sacco y Vanzetti, de Mauricio Kartun y Viviana Ruiz
Soñar despiertos

¿Cuándo el teatro se aproxima a la perfección? La respuesta es sencilla, pero no es fácil ponerla en práctica, y no por obvia se da por sabida: cuando se perpetra el complot de sus tres elementos humanos --actores, dramaturgo y director—siempre más importantes que el dónde y el cómo. Puede que cualquiera de esos tres elementos se perciban superiores a los otros dos, que la superioridad de uno mejore, o hasta remplace, la insuficiencia del otro. Y mientras cada cual se cree imprescindible, hay un cuarto, el receptor, que ya lo entendió. Acaba de asistir al teatro cuando los tres funcionan al unísono, a la relojería no se le empastó ningun diente. Si falla un engranaje igualmente da la hora, pero será la de ayer. Cuestión que del tríptico el Colectivo S & V-Mauricio Kartun-Viviana Ruiz sale una máquina a cuarzo de pila infinita.
Sobre Kartun no queda mucho que decir. Entre los marplatenses no fue tan visitado como quisiéramos, excepción hecha de dos adaptaciones de El partener (1995, Gustavo Fraga; 2008, María Carreras) y dos piezas en versión de Gastón Martelli (La casita de los viejos) y Jorge Rivera Woollands (Cumbia morena cumbia, ambas de 1999). La Vivi Ruiz, alma mater del Centro Cultural Séptimo Fuego, discípula de Renzo Casali, es hoy una de las directoras de mayor prestigio y continuidad en la escena local, docente de varias generaciones de actores en vigencia y productora de una plaza cultural de ininterrumpida perduración. El Colectivo nace de una iniciativa de la cooperativa del Hotel Bauen, espacio recuperado por sus propios trabajadores luego de la crisis del 2001: lógicamente, tenía que ser Sacco y Vanzetti, militante vindicación de los principios anarquistas, el texto destinado a consolidar una utopia cuyas víctimas internacionales más famosas han dejado un poderoso rastro, más aún navegando todos el tsunami de otro colapso del capitalismo en el cual, de nuevo, se ratifica la insondable mezquindad y bulimia de sus beneficiarios.
La resolución escenográfica constata el despojamiento, el despliegue austero y riguroso que la estética del Séptimo sabe poner de pie para expresarse. Unos biombos de malla practicables, duros y a la vez sutiles, que todos mueven, dispuestos a encerrar, separar y esconder a los agonistas, circunscriben las acciones en la embocadura. De la misma materia dos sillas y un estrado de juez: el sistema como pajarera móvil que involucra a perseguidores y perseguidos. Atrás, una cortina traslúcida, opaca si la luz se desplaza delante, semitransparente en cuanto los dos anarquistas de la historia, plantados detrás, escriben a sus parientes lejanos de Italia o a sus sufridas esposas de América. Papel y pared, libertad y límite, dos realidades apenas distanciadas a través de ese telón interior. De allí también provienen las voces de desaprobación y protesta, el público del tribunal, coro griego desarticulado y sin rostro, que habrá de condolerse y escandalizarse. Pero Sacco implica un courtroom drama, el género tan Hollywood, la dialéctica Fiscal-Defensor, los abogados de suyo vueltos histriones y trágicos, procurando convencer al anónimo jurado de ciudadanos por sorteo que representan –nunca mejor dicho—a la democracia decisoria en el terreno moral-criminal. Y aquí la puesta pega un giro inesperado, pues los destinatarios de los discursos, de pronto, somos nosotros, al girar hacia la platea los alegatos y tomarnos, a cada uno, de jueces masivos. El final lo conocemos, sin embargo, dada la inspiración del hecho verídico. Una pareja aparece, en los cambios de episodio, e informa, a dúo, las fechas sucesivas en que se va consumando el oprobio.
Vale la pena recordar cuál fue la verdadera razón social de un asesinato judicial que, incluso en los Estados Unidos, todos sabían, amén de bárbaro, injusto y sin pruebas. “Mi deber es buscar culpables, los inocentes no tienen quién los busque”, argumenta el fiscal de distrito. Se necesitan dos cabezas de turco –de italianos en este caso—y anarquistas, para ejecutar, inicuamente o no, y de paso aleccionar a la “plebe ultramarina”, diría nuestro Lugones, pobre y forastera, que viene a fare l´America con sus ideas revolucionarias y sus anhelos de igualdad y prosperidad. Sin ponerse colorado ni refutarle al defensor la falta de mérito, persuadirá al jurado –blanco, wasp, paranoico por el síndrome reciente de la revolución rusa, y burgués asustado—que eliminar a dos extranjeros “los italianos nunca se integran a nuestra sociedad” servirá de admonición a quienes no se sometan, no importa si mataron a alguien o no. El juez irlandés, descendiente de pilgrims fundadores, no duda frente a dos tentaciones: formar parte de la Corte Suprema y evitarle derechos y expansión a los miserables de “piel extraña” a punto de asaltar la fortaleza anglosajona y, vaya a saber, quizás lavarse las patas en la fuente.
Se nota en el plantel la elección minuciosa de Ruiz. La impresionante pregnancia de Fernando Vanzetti Santiago y Fernando Sacco Martín, que hasta en el rostro parecen gringos de la época y con cierto parecido físico a los originales; la seguridad y profesionalismo de los guardianes de la ley (el fiscal Norberto Trujillo, el policía Gustavo Portela, el defensor Gustavo Pardi); la sobrada versatilidad de nuestro Marcelo Scalona en el rol de juez; las esposas respectivas de la pareja acusada (Natalia Marcet y Cristina Ferrajoli), manifiestan la homogeneidad y convicción con que encararon sus vestiduras. El extraordinario personaje de Medeiros (Luciano Guglielmino), el auténtico asesino que nadie quiere escuchar pese a confesarse autor, redondea a este equipo maravilloso de intérpretes.
“Soñar no es lo mismo que estar despierto, y si ustedes siguen dormidos…” alega Sacco, negándose a la clemencia del gobernador. “Perdón piden los culpables, y yo moriré inocente”, asegura. Una directora marplatense logró su sueño: conducir el máximo elenco posible, en una obra máxima de la dramaturgia nacional, y sin renunciar jamás a su compromiso eterno como artista progresista. This is for you, Niccola and Bart, cantaba hace siglos Joan Baez. Nuestro teatro, tanto como ellos, se lo merecen.

Gabriel Cabrejas

2 comentarios:

Fernando Bonatto dijo...

Arte digno ,como cabe a los genuinos artistas
Y ese espectaculo fue levantado de donde por tradicion se tendria que haber exhibido.
La antigua Casa del Pueblo.
Pero no,se muestra obscenamente en el Teatro Diagonal un ricachon que compra hasta su fama
dan asco

Sergi dijo...

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¡Imperdible!
De nada.