lunes, 12 de marzo de 2012

Balance teatral de un renegado 2012

Chejov y El canto del cisne en Santa Clara
Clase(s) de teatro

Antón Chejov

Cuando Antón Chejov escribió El canto del cisne (1886) no pensaba que tendría tanta descendencia. Lo llamó estudio dramático, como si fuese un ensayo –de obra dramática, de preparación para actores—y seguramente le adjudicó menos importancia que sus opera mayores, Tío Vania, El jardín de los cerezos. Sin embargo, los atormentados recuerdos de un anciano actor junto a su ayudante de cámara producirían serias secuelas, y debe decirse que no nos son ajenas a los espectadores de aquí, el mero sudeste bonaerense. En concreto, aún está en vigencia El vestidor (Ronald Harwood), que Pedro Benitez, Antonio Mónaco y Lalo Alías resolvieron montar en Mar del Plata, y hasta el año pasado, Rodrigo Parise y Ángel Balestrini pusieron Rojos globos rojos (Tato Pavlovsky). Ambas piezas reconocen la paternidad chejoviana. Un actor decadente y su noche de asfixia espiritual rodean los nervios del camarín en el primer caso, junto a un asistente amanerado y solícito dispuesto a seguir a aquél hasta el final. El histrión fenomenal y triste del segundo caso y sus dos compañeras inseparables, en la grisura de una sala en bancarrota, patentizan siempre la misma lucha: la pasión de representar, contra el fracaso y a pesar de él, al borde de la locura, la miseria y, lo peor de todo, el olvido.
Para su versión, Jorge Ramírez Jar tuvo la fortuna de encontrarse con Osvaldo Del Vecchio, la más digna carnadura habiente de ese Vasili Svetlovídov, en lo que podría calificarse de autohomenaje al mismo tiempo que como dedicatoria viva a la gran Historia del Teatro. Médico retirado ahora residente de Santa Elena, Del Vecchio ofició de actor en los elencos de Beatriz Matar, Franklin Caicedo, Hugo Urquijo y Lito Cruz, tuvo su propio escenario en Quilmes y, aún secundario y partener, nunca dejó las tablas. El autor ruso subtitula Calcas a su monodrama, refiriéndose a un personaje de Troilo y Crésida, de Shakespeare. Mientras rumia su angustia, en bambalinas tras un supuesto beneficio, más a su pobreza que a su edad y mérito, Vasili no dejará de calzarse la vestimenta de sus grandes actuaciones, entre la desmemoria, los achaques y la certeza de una despedida. Ramírez no se detiene allí. En vez del Godunov de Pushkin, selecciona el monólogo de Segismundo (Calderón), prolonga los discursos originales y agrega otros: Romeo, Macbeth, Otelo y King Lear no figuran tan desarrollados en El canto chejoviano, y, directamente, decide abolir poemas sueltos de Pushkin y el drama de Griboiedov con que finaliza la obra. Nuestro director tomó dos medidas exactas: exhibir un muestrario de los momentos verbales clave de los llamados clásicos e imprimirle una fuerza trágica y emocional a una escritura cuya brevedad hace suponer que el dramaturgo solamente creía en ella como pequeño ejercicio, acaso una práctica expresiva para los alumnos de su puestista, Stanislavski. Y de paso se atreve, después de Electra, a repetir una audacia. No pregunte nadie ¿por qué Chejov en vacaciones y temporada? sino ¿por qué no?
Unas velas aguachentas, la mesa despintada y un baúl de indumentaria, sobre la ya legendaria cámara negra de la sala de Casazul, bastan. El apuntador y casi muleta de Vasili, Nikita (el propio Ramírez Jar) luce apenas más joven que su amo. Usa las solapas del saco levantadas pero en el frío del espacio desierto no vacila en alcanzar a aquél las armas de su batalla interminable, la corona de Lear, el puñal de Macbeth, las cadenas que aherrojan a Segismundo. El canto es, claro, metalingüístico, metateatral, y no asombra que lo hayan elegido tanto de inspirador. Su Excelencia, el tosiente y ebrio bufón de El vestidor también se sube a los alaridos de Lear en su pasaje final. Ahora, una plancha de zinc disimulada finge bien los truenos y la tempestad —¿la de vivir, no más?—como si de pronto retrocediéramos al radioteatro; Vasili mira al vacío y a nosotros alternativamente y no queda más que aplaudir. ¿A Vasili, a Del Vecchio, a los personajes, a sus creadores?
Impresionante y excepcional a la vez, en todos ellos yacen y respiran todos los teatros del mundo, en la visión del adaptador. “A aquellos actores que pasaron su vida contando historias que no siempre eligieron y, ésas que les hubiera gustado contar, se las dieron a otros”, reza el programa de mano.
Esa es nuestra ventaja de espectadores. Podemos elegir la historia, así de dolorosa y rica, que nos gustará que nos cuenten.

Gabriel Cabrejas

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