domingo, 18 de enero de 2009

Teatro de un renegado, V

Julius, de Marcos Moyano y Viviana Ruiz
De la consolación del teatro


Julius Fucik, para la Historia, es un dirigente checo fusilado por comunista durante la dictadura colaboracionista del nazismo que se abatió sobre Praga en los años de la Segunda Guerra. Para la literatura, entronca en la tradición de los escritores confesionales cuya mejor obra corresponde a sus días de preso: no un Ana Frank que repasaba su cotidianidad oculta y adolescencial mientras iban rumbo al Campo familias enteras de judíos holandeses hasta ser ella misma una de ellos; más bien como Boecio, ejecutado por el bárbaro Teodorico hacia el final de la romanidad, o Silvio Pellico, patriota italiano (Le mie priggioni), y más aún, Antonio Gramsci, el cual reunía dos caracteres de un típico preso del siglo veinte, judío y comunista, y un tercero: víctima del fascismo. Menos doctrinario y profundo que Gramsci, tan nacionalista como Pellico, más comprometido que Ana e igual de intelectual como Pellico, la hoja de ruta terminal de Fucik, llamada Reportaje al pie del cadalso es testimonio febril, sangrante, de una voluntad humana sometida a vejámenes sin cuento que sabe morir de pie y entonando una canción revolucionaria junto al patíbulo, la Victoria del Hombre sobre la anécdota feroz de la muerte autoritaria: He vivido por la alegría, por la alegría he ido a combate, y por la alegría muero, dijo antes de ser acribillado.
Julius, en cambio, para el teatro, convoca las voces que la Historia traspapela, inocula palabras imaginarias pero verosímiles acerca de una situación que el lenguaje del fusilado no contiene, pero hace implícitas. El debut de Marcos Moyano dramaturgo demuestra su experiencia, no sólo la previa de actor, sino la de puestista –no hay narrador teatral válido que no vea su obra como texto espectacular—y la de alumno. Hijo carnal (y ético) de Viviana Ruiz y Mario Moyano, del que recibió en herencia además la edición de Reportaje base, e hijo espiritual de Renzo Casali, del que a su vez conoció una primera pieza sobre Fucik, Memorias de un viejo cerdo, contó un haber de influencias a las que necesitó sólo sumar su talento, éste sí, absolutamente propio.
¿Qué cosa nueva puede decirse, a estas alturas, del comportamiento de torturadores y torturados? Tal vez ninguna: el asunto sigue siendo cómo tratarlos, cómo disponer las moléculas para ofrecer un organismo novedoso que no caiga en lo obvio o lo trivial. Julius da otra vuelta de tuerca sorpresiva, reflexiva a la gramática del horror. Su meta es controversial, porque no se amolda a la tragedia sino al grotesco, única vía de impostación creíble para penetrar en lo que Hannah Arendt denominó la banalidad del mal.
Primero, un maestro de ceremonias cuasi festivo, abriendo de par en par la cortina invisible: después de todo esto no deja de ser teatro. Transgrede la cuarta pared y advierte la autorreferencia, o sea, así escribí la partitura. La desnudez del ladrillo atrás, un armario del que sale, o entra, el asesino, metáfora de la pesadilla intimista, del terror interiorizado en ¿nuestra? vida. Un elástico de cama se convierte en el gran artefacto escénico en mutación, parado forma las rejas de la cárcel. El guardián Adolf Bohm genera la ambigüedad: calvo y de voz estentórea habla de la naturaleza y reparte flores al público. Moyano actuante, brechtiano e hipersensible a un tiempo, pasa del anuncio circense y las piruetas al grito desgarrador del supliciado, en la oscuridad, lo que duplica el margen del espanto. Gusta, la mujer del presidiario (Natalia Alfonsi) media entre el submundo del condenado y la esperanza del aire libre, contiguo y lejanísimo. Bohm, ¿es un cínico henchido de poder o simplemente un idiota con ínfulas, que desprecia y envidia a su víctima? Trepa como un gamo al ropero, suda bajo los spots, renguea y sin embargo cruza el escenario raudamente, presa de su destino. ¿Sabrá que será recordado por matar a quienes mató, y no por la causa que le ordenó matarlos?
Amén del siempre sabio pilotaje de Viviana Ruiz y su compromiso inmanente con el mensaje, nunca aleatorio en ella –“dirigí para sacudir la conciencia acomodada de nuestros días”, tipea en el programa de mano—Julius entrega una formidable revelación: ese Marcelo Scalona que le pone el cuerpo a Bohm. Su pregnancia de actor, el autodominio que despliega, bastaría para identificar la calidad mayúscula de (otro) trabajo difícil de olvidar en el Séptimo Fuego. Habremos de prestarle atención en lo sucesivo, tanto promete y tanto cumple.
Moyano-Casali-Ruiz ojalá vuelvan a dejar incandescente el círculo de terrible magia. Boecio había escrito De la consolación de la filosofía; si como dijo Nietszche tenemos el arte así no morimos de la verdad, la verdad brutal que acabamos de ver temblar ante nuestros ojos podría desentrañarnos una filosofía de la consolación. El teatro, memoria ceremonial, sortilegio interpretativo, vencidos vencedores. Fucik frente al pelotón pensó sin parpadear: hasta la próxima.

Gabriel Cabrejas

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