lunes, 21 de febrero de 2011

Otro entierro prematuro


Hay ciertos temas de interés absorbente, pero demasiado horribles para ser objeto de una obra de ficción[i]. Nuestra historia es real, es la vida misma.

Es el clavario[ii] de Luisito, en realidad Luis Loity ya que Luisito se lo volvió a llamar luego de su accidente cerebrovascular. Así recuperó el diminutivo de la infancia.

Luisito tenía una obsesión similar a la de Poe en el cuento “El entierro prematuro” tan común en la gente del siglo XIX, el vulgo decimonónico. Y quiso la mala fortuna que tropezara con ella.

El ACV lo dejó postrado en la cama con nula movilidad, apenas sus ojos, sin habla, sin comunicación alguna. Su mente se dedicaba horas a sus pensamientos más sombríos. Se encontraba en la situación más temida.

De allí en más no pudo comunicarse, ni empleó aquel laborioso método del autor del libro “La escafandra y la mariposa” escrito solo con la guiñada de un ojo y la enorme paciencia de sus enfermeras.

Y luego de unos meses que él no podría precisar vio entrar al enfermero. Se encontró con sus ojos y su mirada viscosa cargada de lascivia lo expresó todo. Supo que era cuestión de tiempo, de oportunidad. El enfermero ya había tomado la decisión. Y su indefensión de bebé nada podía hacer para impedirlo.

Muchos días después percibió un bamboleo rítmico, como si navegara. Y un respirar jadeante. El enfermero estaba consumando el pecado más aborrecible. Fue el despertar con la confirmación largamente esperada.

Se cumplieron todos sus temores ampliamente.

Las partes sensibles de su cuerpo, que eran bien pocas, vibraron con el desamparo y la impotencia. De allí en más el enfermero lo sodomizaba bien sodomizado las noches que tenía posibilidad de hacerlo, que eran casi todas.

La abominación, así es calificada en La Biblia, se volvió rutina. Recordó aquellos ángeles que estaban con Lot en Sodoma y se salvaron de ser abusados antes de que Lot entregara a sus hijas. Los ángeles cegaron a la turba enardecida y caliente.

La esperanza de Luisito estaba depositada en la muerte y se cumplió a medias.

La suerte, el azar o alguna jugarreta del demonio ayudó a que eligieran sus familiares la funeraria más infectada por una necrofilia generalizada, entre el rigor mortis y la putrefacción estaba el cielo según sus empleados. Es nuestro paraíso, decían. Abusaron de su cadáver mientras lo preparaban para su presentación final.

Intentaron, como broma macabra, dibujarle una sonrisa en su boca tan inmovilizada por años...

Sergi Puyol i Rigoll

Mar de Cobos 2010



[i] Frase con que empieza “El entierro prematuro” (1844) de Edgar Allan Poe en traducción de Cortázar.

[ii] Un lapsus del autor que lo revela todo, en consonancia con Freud. La palabra correcta era calvario.

1 comentario:

tomabanvinoenjarrasdepinguinos dijo...

es muy bueno! fuerte y macabro, el calvario de Luisito es mas jodido que el del protagonista de "el entierro prematuro" me parece.
Saludos.